
Nagisa Morikawa
Enfermera que regresa a su isla natal con el anhelo de que los cuidados sean sostenibles y no dependan del sacrificio solitario de nadie.
La Clínica Costera · Clínica Costera · Isla de Kazekiri, Japón
En la isla de Kazekiri, la gente siempre ha acudido al doctor Takamine ante cualquier dolencia y a la familia Seto para cruzar las aguas. Sin embargo, los médicos también enferman y las embarcaciones no siempre pueden zarpar. La enfermera Nagisa Morikawa, recién regresada, y el capitán Kai Seto discreparon al principio en el muelle sobre la atención urgente y la seguridad marítima. El temporal de agosto les llevó, junto a un farmacéutico, trabajadores portuarios, una vendedora de pescado y el hospital principal, a afrontar juntos esos límites. Sosuke está a salvo y se ha pactado un nuevo acuerdo de ayuda. La vida diaria sigue requiriendo manos. Al concluir el verano aprenden a repartir el cuidado entre más personas, dejando a quienes siempre sostienen a los demás un espacio para descansar y decidir.
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Enfermera que regresa a su isla natal con el anhelo de que los cuidados sean sostenibles y no dependan del sacrificio solitario de nadie.

Patrón y mecánico naval del Kazakirimaru, consciente de que salvaguardar la ruta marítima incluye asumir los límites de la embarcación.
En la isla de Kazekiri, donde se unen el mar interior de Seto y el Pacífico, el tiempo no se mide con relojes, sino con las mareas que suben y bajan dos veces al día hasta tres metros.
En esta pequeña isla volcánica en forma de herradura con apenas setecientos habitantes, los jóvenes huyeron hace tiempo hacia Takamatsu, Hiroshima y Kobe como olas menguantes, dejando tras de sí diques blanquecinos, cabrestantes oxidados por el salitre y ancianos con una media de sesenta y ocho años.
Sobre un cabo de granito que corona el muelle se alza el único centro de salud de la isla, el consultorio del seguro nacional de Kazekiri. Es un edificio de una sola planta cuyos muros encalados se desconchan revelando ladrillos rojizos. Los cristales orientados al mar permanecen velados por una salina escarcha que, por mucho que se frote, el viento marino vuelve a tender como una catarata sobre la mirada.
Shun Sugimoto, de cincuenta y cuatro años, permanecía en su gastada silla giratoria con un fonendoscopio Littmann de goma agrietada al cuello. Durante veintiocho años fue el único médico de la isla. Para setecientos vecinos bastaba marcar el teléfono fijo acabado en ciento veinte ante un dolor en el pecho, fiebre alta o un resbalón en el baño para que el doctor Sugimoto apareciera ante la puerta con su chubasquero amarillo descolorido y su pesada cartera de cuero.
Los isleños lo llamaban con cariño el ángel de la guarda de Kazekiri.
Sin embargo, ante la fría normativa de las corporaciones sanitarias y las leyes laborales, aquel protector era solo un cuerpo mortal exhausto tras veintiocho años sin descanso, al borde del colapso y las demandas.
A finales de agosto un tifón azotará la isla de Kazekiri en la noche. Una marea formada por jornadas agotadoras, medicinas agotadas, un ferry maltrecho, un viejo pescador que oculta su agonía y pactos vecinales a punto de quebrarse dejará al descubierto todas las heridas de la isla bajo el sol y el vendaval.
La madrugada del dos de agosto, el monzón del suroeste levantaba olas blancas de la altura de un hombre sobre la corriente de Kuroshio.
Una lancha blanca con el emblema del consorcio de salud insular de Kagawa atracó en el puerto de Kazekiri.
Dos jóvenes inspectores de traje gris marengo y maletín entraron en el consultorio. Sin saludar a los ancianos sentados en el banco, dejaron sobre la mesa de Shun un escrito sellado en tinta roja con la mención Inspección urgente.
«Director Sugimoto, este es el requerimiento de subsanación de la inspección laboral de Kagawa y la corporación médica», dijo el inspector mayor ajustándose las gafas con voz gélida. «Sus guardias nocturnas en solitario han superado las trescientas sesenta horas mensuales sin segundo médico ni libro de incidencias. Conforme a la ley médica reformada, a partir del día uno del próximo mes queda prohibida la atención telefónica permanente de urgencias bajo apercibimiento de retirar la acreditación pública.»
Shun contemplaba el escrito mientras los nudillos le dolían por la constante humedad salina. Sin levantar la vista, preguntó con voz ronca: «Quitar las llamadas... Si un vecino sufre un infarto o un derrame en mitad de la noche, ¿quién lo atenderá?»
El inspector cerró el cuaderno con sequedad: «En principio se recurre al protocolo habitual llamando al ciento diecinueve para coordinar helicópteros o lanchas de guardacostas. Doctor Sugimoto, la norma existe para proteger la vida del médico.»
Los inspectores se marcharon. Shun permaneció sentado, mirando a través de la ventana las olas embravecidas de la bahía. Comprendía con amargura lo que implicaba aquella carta: el mito que había sostenido en solitario durante casi treinta años se desmoronaba ante los fríos decretos.
El tres de agosto, el dispensario tras la consulta olía al regusto amargo del regaliz y el polvo de antibióticos.
Aya Imai, de treinta y cuatro años, con bata blanca impecable, comprobaba uno a uno los medicamentos refrigerados. Única farmacéutica del lugar, ejercía su oficio con una minuciosidad casi severa.
Cuando sus dedos rozaron el cajón inferior del refrigerador, frunció el ceño con honda preocupación.
Apenas quedaban dos frascos de nitroglicerina sublingual para la angina de pecho, y las existencias de estatinas e insulina inyectable solo cubrían veinte días para los enfermos crónicos.
Aya telefoneó de inmediato al distribuidor farmacéutico del puerto de Takamatsu. El dependiente suspiró con impotencia: «Señorita Imai, lo lamento. Por el alza del combustible y el recorte de ayudas, el barco de carga a Kazekiri pasará de tres viajes semanales a uno solo el próximo mes. Con la escasez nacional de materias primas, su pedido cardiovascular no saldrá hasta mediados del mes que viene.»
Aya colgó con las manos bañadas en sudor frío. Fue a la consulta y entregó a Shun el informe del desabastecimiento.
«Director, el próximo mes al menos doce ancianos con cardiopatías coronarias se quedarán sin tratamiento», susurró Aya. «Debemos avisar a las familias para ajustar las pautas o pedirles que vayan a tierra firme a por recetas.»
Shun se frotó los ojos irritados: «No levantemos la alarma, Aya. Si los ancianos se enteran de que escasean los fármacos, colapsarán el puerto acumulando cajas por miedo. Llevémoslo entre los dos, reajustaré las dosis.»
El sistema daba la espalda, los suministros menguaban y ambos profesionales debían asumir en silencio un peligro a punto de estallar.
El cuatro de agosto, un chirrido ensordecedor de metales pulidos retumbaba en el dique seco del varadero de Kazekiri.
El joven patrón Kai Seto, de veintisiete años, inspeccionaba el fondo de la sala de máquinas entre grasa y orín. Capitaneaba el Kazekiri Maru, el único ferry mixto de la isla. Con ochenta toneladas de casco de acero y dos motores diésel, el viejo barco navegaba sin falta desde hacía treinta y cinco años.
El maquinista mayor del astillero golpeó con un medidor de espesores la carcasa del motor diésel de babor, que devolvió un chasquido quebrado y seco.
«Kai, no te engañes», dijo el técnico limpiándose el tizne de la mejilla. «La biela del cilindro dos tiene grietas por fatiga y el tubo refrigerante del turbo está perforado. Si sales a mar abierto con oleaje, el motor arderá y los veinte pasajeros se irán a pique.»
Kai apretó los dientes: «¿Cuánto costará la revisión completa? ¿Cuánto tardará en repararse?»
«Las piezas vienen de Mitsubishi Heavy Industries en Kobe, dos semanas como poco. Ya pasé el presupuesto a la cofradía: mano de obra y repuestos suman cuatro millones doscientos mil yenes.»
¡Cuatro millones doscientos mil yenes! A Kai se le nubló la vista. Restando gasóleo y seguros, el Kazekiri Maru no había dejado ni un millón y medio de beneficio neto el año anterior. Si no reunía la fianza en diez días, el astillero paralizaría la faena y pediría el embargo judicial del barco.
Kai salió del dique seco y vio a su padre Sosuke, de sesenta años, en cuclillas junto al espigón fumando tabaco barato.
Sosuke miró acercarse a su hijo, tosió un par de veces y preguntó con aspereza: «El barco... ¿costará mucho dinero?»
Kai apartó la mirada hacia el horizonte plomizo, ocultando la descomunal deuda: «Nada grave, padre. Solo cambiar unas juntas de estanqueidad, apenas costará nada. En pocos días volveremos a navegar.»
Kai dio media vuelta con los ojos húmedos. Pretendía proteger el viejo corazón de su padre, ignorando que este también ocultaba ante el viento marino un secreto mucho más mortífero.
El cinco de agosto a las tres de la tarde, el sol abrasador recalentaba el hormigón del dique.
Miyako Tanabe, una anciana solitaria de ochenta y dos años, aguardaba a la entrada de su baja casa de madera. Frente a ella había dos voluntarias de la asociación de mujeres con fiambreras térmicas.
«Señora Tanabe, aquí tiene el guiso bajo en sal que envía el centro social, cómalo caliente», ofreció la voluntaria con amabilidad.
Pero la anciana permaneció impasible con las manos a la espalda. Pese a su cuerpo encorvado, se erguía con la firmeza de un bambú hendido en la roca: «Llévense eso. No me he muerto, mis manos aún lavan el arroz y mis pies llegan al huerto. ¡No necesito que me toquen la puerta como a una limosnera para ver si sigo respirando!»
«¡Señora Tanabe! Lo hacemos por su bien, el invierno pasado casi se queda congelada en el pasillo...», dijeron las voluntarias desconcertadas.
«¡Ese es mi asunto! ¡Aunque me pudra en esta casa, es mi propio destino!», gritó la anciana cerrando de golpe la puerta con un chirrido de goznes.
Desde la esquina de la callejuela, Hina Murakami, maestra de la escuela secundaria de Kazekiri, presenció la escena con un suspiro y consoló a las voluntarias. En aquella aldea tradicional mediaba un abismo insondable entre el bienestar social moderno y el orgullo que los ancianos defendían hasta el final.
El seis de agosto, en el puesto de enfermería, Nagisa Morikawa inventariaba las ampollas con la mascarilla puesta.
A sus veintiocho años, Nagisa había sido la enfermera más brillante de urgencias en el Hospital de la Cruz Roja de Takamatsu. Tres meses atrás, rota por el fallecimiento de su madre y hastiada de los respiradores sin fin, renunció para prestar auxilio en su isla natal.
El móvil vibró en su bolsillo con un mensaje de la jefa de enfermería de Takamatsu: «Morikawa, con la ampliación de la UCI de urgencias, la dirección te guarda la plaza de supervisora adjunta. Tu apoyo insular cumple tres meses la próxima semana y te esperamos. Danos tu respuesta definitiva antes del viernes.»
Nagisa contempló la pantalla sin acertar a responder durante largo rato.
En ese instante Shun entró con una taza de té. Al mirar a la decidida joven, una mezcla de alivio y dependencia asomó a sus ojos: «Señorita Morikawa, desde que regresó los expedientes están en orden. Para la inspección del mes próximo cuento enteramente con usted. Kazekiri necesita a una profesional tan valiosa.»
Las palabras de Shun cayeron como una losa sobre el pecho de Nagisa. El anciano médico la creía la salvación de la isla, pero ella veía cómo el islote devoraba su vitalidad. ¿Tendría el coraje de enterrar su juventud y su porvenir en aquel promontorio desierto?
El siete de agosto a las ocho de la tarde, el humo del tabaco envolvía la sala de asambleas de la cofradía de pescadores de Kazekiri.
Tetsuo Onishi, de sesenta y cinco años, presidente de la cofradía, aporreaba el borrador contra la pizarra blanca ante una docena de veteranos marineros y el joven Kai.
«¡Atención todos! Guardacostas y Pesca implantan una nueva normativa de requisa nocturna en nuestras aguas», proclamó Tetsuo alzando un oficio. «A partir de mañana, todo barco palangrero de más de cinco toneladas y el Kazekiri Maru quedan adscritos a la red de evacuación médica nocturna. Será obligatorio conectar el AIS en cada salida y someterse al rumbo fijado por la cofradía; ¡se acabaron las singladuras guiadas por la mera intuición!»
Kai se puso en pie de golpe con mirada hostil: «¡Tío Tetsuo, el estrecho de Kazekiri está plagado de escollos y las corrientes cambian cada media hora! ¡Solo mi padre y yo conocemos los pasos hondos que admiten quilla en bajamar! ¿Qué entienden de mar los que mandan tras un escritorio? ¡Solo quieren arrebatarnos nuestras rutas con nuevas ordenanzas!»
Tetsuo enrojeció de ira y partió la tiza en dos: «¡Kai! ¡Lo hago por la seguridad de todos! ¡Si os ocurre una desgracia en la mar, ¿quién cargará con la culpa?! ¡La sociedad moderna no puede depender del heroísmo solitario de los Seto!»
La asamblea se disolvió en discordia. Kai cerró la puerta de un portazo sintiendo el azote frío del viento en su rostro ardoroso. Los engranajes del sistema aplastaban el honor individual y la confianza mutua se hacía añicos en la disputa.
La mañana del ocho de agosto, la temperatura marina se elevó y una densa niebla costera cubrió la isla de Kazekiri.
El ocho de agosto, en las galerías silenciosas de la escuela de Kazekiri, el sol proyectaba sombras quebradas sobre la madera.
El alumno de tercer curso Yuto Ishii permanecía en una esquina del despacho escolar sujetando con fuerza el borde de su uniforme.
Su tutora de veinticinco años, Hina Murakami, le sirvió un vaso de agua tibia: «Yuto, ¿estás decidido a solicitar plaza de interno en la rama mecánica de la Escuela Técnica de Takamatsu? Tu madre me vio anteayer en la cofradía y me dijo que al terminar la secundaria te harías cargo de las bateas de ostras familiares.»
Yuto alzó la cabeza de golpe con los ojos encendidos, y su voz quebrada de adolescente tembló con desesperada firmeza: «¡Profesora, le suplico que no se lo diga a mi madre! ¡Quiero ir al continente! ¡No quiero pasarme la vida sacando ostras en el fango hediondo! ¡Quiero aprender a reparar motores diésel de gran tonelaje! ¡Si mi madre ve esta solicitud, la romperá en pedazos!»
Al contemplar la obstinada mirada del muchacho, Hina sintió una punzada en el corazón. Se acordó de su hermano Kai y de tantos jóvenes condenados a quedarse en la isla por el peso de la familia.
«Está bien, te prometo que hasta que salgan las listas definitivas quedará solo entre nosotros dos», murmuró Hina. Se puso del lado del joven sin advertir que aquella grave confidencia desataría una tormenta en el seno de la familia.
El nueve de agosto, el fax del consultorio escupió una comunicación urgente remitida por el hospital general de Takamatsu.
Reina Kamiya, responsable de gestión sanitaria, llamó a Shun por la línea interna.
«Doctor Sugimoto, el hospital central implanta la próxima semana el sistema informático ministerial de asignación dinámica de camas de UCI. Los canales informales que usted mantenía por amistad personal para reservar plazas de críticos a los isleños quedan sin validez alguna. Todo traslado marítimo deberá pasar por el registro digital y la validación de la central de urgencias del continente.»
Shun apretó el auricular con las venas crispadas en la mano: «¡Señorita Kamiya, la travesía desde Kazekiri a Takamatsu dura al menos hora y media! ¡Si el paciente espera la autorización flotando en alta mar, la ventana crítica de rescate se habrá esfumado!»
«Doctor Sugimoto, nada puedo hacer», replicó Reina con desaliento. «Las normas han cambiado. Sin el código de derivación expedido por el sistema, la puerta de urgencias del continente no franqueará el paso ni a la ambulancia.»
Al colgar, Shun se derrumbó en la silla. La última carta que le permitía saltarse las trabas en favor de los vecinos le había sido arrebatada por la burocracia sanitaria digital.
El diez de agosto a la una del mediodía, a cinco millas náuticas del estrecho de Kazekiri.
El viejo pescador Sosuke Seto viraba el aparejo en solitario a bordo de su palangrero de fibra de cinco toneladas. El viento le calaba los huesos y el agua fría empapaba las mangas bajo los guantes de goma.
¡De pronto, un dolor sordo y desgarrador le aplastó el pecho como un martillazo!
La vista de Sosuke se nubló y soltó los anzuelos de golpe. En medio del ahogo, una punzada desgarradora le recorrió el hombro izquierdo hasta el meñique, mientras el sudor frío le caía a chorros por la frente arrugada.
«¡Ah...!», gimió Sosuke asiéndose desesperado al pasamanos de hierro, antes de caer de rodillas sobre las escamas frías y el agua marina.
Con dedos temblorosos rasgó con los dientes la bolsa impermeable y sacó el pequeño frasco de pastillas que jamás había enseñado a su hijo: nitroglicerina. Puso dos comprimidos bajo la lengua. Tras tres minutos interminables, el dolor torácico remitió lentamente como una resaca marina, dejándole una debilidad extenuante.
Jadeando con dificultad, Sosuke se apoyó en el timón para ponerse en pie. Se miró las manos y comprendió que sus días estaban contados.
Pero no podía rendirse. El Kazekiri Maru de Kai necesitaba cuatro millones doscientos mil yenes de reparación y las deudas pesaban sobre la casa. Si moría en faena, el seguro marítimo pagaría quince millones de yenes; pero si le diagnosticaban infarto agudo y no volvía a zarpar, su familia quedaría completamente arruinada.
Aquella noche Sosuke regresó a puerto dos horas más tarde de lo habitual. A Kai, que aguardaba angustiado en el muelle, le soltó secamente que un cabo se había trabado en la hélice antes de perderse con paso rápido en la penumbra.
El once de agosto a las dos de la madrugada, la isla de Kazekiri dormía en un silencio sepulcral.
El teléfono fijo de guardia del consultorio sonó de repente con estrépito.
Shun, que apenas llevaba una hora dormido, se despertó sobresaltado y descolgó a toda prisa sin calzarse: «¡Diga! ¿Es una urgencia?»
Al otro lado de la línea sonó la voz parsimoniosa del viejo Kato, el tendero del muelle: «Ah, doctor Sugimoto, disculpe despertarlo a deshoras. Es que mi mujer se ha tomado dos tazones de té de cebada helado, tiene gases y no concilia el sueño. ¿Podría traernos unas pastillas para la digestión?»
Shun respiró hondo conteniendo la punzada en las sienes: «Señor Kato, son las dos de la madrugada. Si no hay cólicos agudos, aplíquele paños calientes y venga mañana a las ocho y media cuando abra la consulta...»
Apenas veinte minutos después volvió a sonar el timbre: otra anciana desvelada por picores en las piernas preguntaba qué pomada untarse; y a las cuatro y media, una tercera llamada inquirió el horario de salida del ferry matutino.
Sentado al borde de la cama con las manos en el pelo, Shun temblaba de impotencia. Durante veintiocho años los vecinos lo habían tratado como una enciclopedia y un cuidador permanente. Aquella enfermiza devoción era un cepo asfixiante que le chupaba las últimas fuerzas vitales.
El doce de agosto, ante el mostrador acristalado de la farmacia Imai.
Una pescadera de mediana edad se apoyó en el mostrador susurrando a Aya Imai: «Señorita Imai, permítame una pregunta... Masaru, el mecánico naval del pueblo vecino, ¿qué medicinas vino a buscar el mes pasado? Dicen que toma psicofármacos para la depresión, ¿es cierto? Se pasa el día con la carretilla elevadora por el muelle; si le da un ataque y atropella a alguien, ¿qué pasará?»
El semblante de Aya se ensombreció y habló con absoluta firmeza: «Lo lamento, señora Honda. En virtud de la ley de protección de datos y el código farmacéutico, el historial farmacológico del paciente es confidencial. No tengo derecho a revelar ni media palabra a nadie.»
La mujer mudó el gesto con desdén y alzó la voz con sarcasmo: «¡Vaya con la señorita farmacéutica de ciudad y sus aires! ¡Aquí todos nos vemos la cara a diario y preguntaba por velar por el vecindario! ¡Lo que pasa es que no tiene sangre en las venas ni le importa un bledo la seguridad del pueblo!»
La mujer se marchó maldiciendo entre dientes al cruzar la cortina. En menos de medio día corrió el rumor por el muelle de que la señorita Aya de la farmacia se daba humos y negaba auxilio. Tras los estantes, Aya contuvo las lágrimas de impotencia, pero guardó bajo llave el informe de Masaru en la caja fuerte.
La tarde del trece de agosto el viento arreció hasta fuerza ocho, levantando olas de espuma blanca en el canal de Kazekiri.
En el puente del Kazekiri Maru, Kai comprobó los avisos por fuerte marejada en el radar e hizo sonar la sirena, cancelando sin dudar la salida de las tres hacia Takamatsu.
En la sala de espera del muelle estalló un clamor de protestas.
Tetsuo, el patrón mayor, subió a cubierta con marineros ansiosos por llevar la pesca fresca a la lonja: «¡Kai! ¡¿Qué locura es esta?! Habrá mala mar fuera, pero costeando por el paso sur se cruza de sobra. ¡Si estos besugos vivos no llegan hoy a la subasta de Takamatsu, perderemos más de un millón de yenes!»
Con las manos firmes al timón, Kai sostuvo la mirada de Tetsuo: «Tío Tetsuo, el refrigerante del motor de babor roza el límite térmico, el viento es de fuerza ocho y el mar levanta olas de más de dos metros y medio. ¡El patrón soy yo y respondo por la vida de cada tripulante y pasajero! ¡Hoy este barco no se mueve diga quien lo diga!»
«¡Cobarde! ¡No le llegas a la suela del zapato a tu padre cuando era joven!», gritó un veterano tirando el casco al suelo con furia.
Kai apretó la mandíbula hasta sangrar por el labio. Sin poder confesar que el motor amenazaba con reventar, tragó en silencio los insultos de cobarde y de arruinar el sustento ajeno.
El catorce de agosto confluyeron tormentas tropicales en el mar de la China Oriental, dejando una humedad asfixiante y pesada.
El catorce de agosto, Nagisa Morikawa terminó tres jornadas completas revisando los libros de guardia nocturna en papel del último lustro.
El estremecimiento que sintió apenas podía describirse.
En más de dos mil guardias nocturnas, más de un tercio de las visitas solo mostraba anotaciones escuetas: indicación verbal, tres pastillas de antiácido, una ampolla de sedante inyectada, sin consentimiento informado firmado, sin número de historial ni recibo de cobro.
«Doctor Sugimoto, estos actos... a ojos de la ley suponen una praxis irregular», señaló Nagisa consternada con los gruesos libros en la mano. «Si algún paciente sufriera una reacción adversa o empeorara, ¡no tendría usted ni un solo resguardo documental para defenderse!»
Shun negó con una sonrisa amarga, con las arrugas de los ojos hendidas como cuchilladas: «Nagisa, esto es una isla solitaria. A las tres de la madrugada, cuando un anciano escupe sangre sobre el tatami y la familia suplica entre lágrimas, ¿voy a exigirles tres firmas de consentimiento y la tarjeta sanitaria antes de actuar? Si no les doy medicinas, no llegan al amanecer. Durante veintiocho años hemos subsistido gracias a esa confianza.»
Nagisa guardó silencio conmovida ante el cansancio de Shun. Comprendía la abnegación y el desamparo de la medicina rural, pero su formación hospitalaria le advertía que aquel precario castillo sostenido por el sacrificio de un solo hombre se vendría abajo en cuanto fallara una sola viga.
Al atardecer del quince de agosto, Miyako Tanabe, de ochenta y dos años, arrancaba hierbajos en su huerto cuando resbaló y cayó de bruces desde un ribazo de piedra de medio metro.
Un crujido seco resonó en el aire: la muñeca derecha de la anciana se dobló en un ángulo grotesco y la piel se amorató de inmediato por la hinchazón.
El dolor atroz le arrancó chorros de sudor frío. Pese a todo, no gritó pidiendo socorro ni telefoneó a la clínica. Apretando los dientes, reptó hacia el interior apoyándose en la mano izquierda.
Rebuscó en la caja de herramientas una caña de bambú y tiras de trapo viejo, y con los dientes y la mano izquierda se entablilló la fractura con espantosa obstinación.
Hina, que pasaba por la vereda, vio manchas de sangre desde la ventana y entró corriendo: «¡Señora Tanabe! ¡Tiene la muñeca partida! ¡Debe ir ahora mismo con el doctor Sugimoto para hacerse una placa!»
Pálida como la cera, la anciana tapó la extremidad fracturada con la falda y bramó enfurecida: «¡Fuera! ¡Hina, no iré! ¡Si voy al médico dirán que no me valgo por mí misma y me encerrarán en un asilo del continente! ¡Pienso morir bajo este techo!»
Hina se quedó inmóvil llorando sin consuelo. La terquedad de la anciana era un muro helado que repelía todo auxilio y compasión.
El dieciséis de agosto, Reina remitió la circular interna definitiva: las camas de UCI del hospital prefectural de Kagawa estaban colapsadas por un brote gripal y no aceptarían derivaciones ordinarias insulares durante las próximas dos semanas.
Al final del correo, Reina advertía: «Doctor Sugimoto, Kazekiri se encuentra en aislamiento sanitario absoluto. Si surge un caso crítico, mantengan las constantes vitales in situ y eviten traslados marítimos a ciegas.»
Shun contempló el mensaje, lo imprimió y lo metió en la destructora de papel. El motor chirrió tragándose la hoja y triturando la última esperanza de los vecinos en tiras blancas.
El diecisiete de agosto a las once de la noche, Kai recogía cabos inservibles en el pañol de pertrechos del pesquero.
En el fondo de una lata herrumbrosa llena de tornillos viejos, Kai rozó por casualidad una bola de papel térmico arrugada y rota en pedazos.
Kai recogió los trozos y los compuso pacientemente bajo la débil luz de la bombilla.
Era una tira de electrocardiograma del Hospital de la Cruz Roja de Takamatsu fechada el martes anterior, con un nombre que le heló la sangre: Sosuke Seto.
En la casilla del diagnóstico de conclusiones figuraba en gruesas letras:
«Infarto de miocardio anterior extenso, estenosis severa trivascular superior al 90%, riesgo extremo. Se recomienda ingreso urgente para bypass coronario. Prohibidos terminantemente los esfuerzos intensos y salir a navegar.»
Junto al parte médico yacía la copia arrugada de una póliza de seguro de vida por accidente; en la casilla de beneficiario aparecía, con el pulso tembloroso de Sosuke: Kai Seto.
Fulminado por la noticia, con la mente en blanco, Kai cayó de rodillas sobre la cubierta.
«Padre...», gimió Kai en un sollozo desgarrador y ahogado.
¡Su padre no padecía un simple cansancio! ¡Estaba arriesgando el pellejo para cobrar la indemnización del seguro y pagar la reparación del Kazekiri Maru!
El dieciocho de agosto, en el despacho de profesores, la madre de Yuto Ishii irrumpió enfurecida dando un manotazo sobre la mesa de Hina.
«¡Señorita Murakami! ¡Me han dicho que Yuto se queda al salir de clase rellenando papeles! ¡Dígame la verdad, ¿quiere marcharse a un instituto de Takamatsu?!»
A Hina le dio un vuelco el corazón. Respiró hondo esquivando la mirada acusadora de la mujer: «Señora Ishii, Yuto tiene un talento innato para la mecánica. Si pudiera estudiar en tierra firme...»
«¡¿Qué estudios ni qué nada?! ¡Los Ishii llevamos tres generaciones criando ostras en Kazekiri! Si él se marcha, ¿quién cuidará de la docena de bateas? Mi marido está tullido de reúma y yo apenas doy abasto. Usted se crio en esta isla, ¡¿cómo puede confabularse para destrozar nuestro hogar?!»
Los gritos y lamentos de la mujer conmovieron todo el edificio escolar. Hina permaneció sentada soportando el peso del reproche moral y la culpa, clavándose las uñas en las palmas.
El diecinueve de agosto, los guardacostas publicaron la proyección de trayectoria del temporal tropical Nanmadol.
El rostro de Tetsuo se ensombreció ante el fax meteorológico. El ojo del temporal enfilaría el oeste del mar interior a finales de agosto, dejando vientos huracanados de fuerza diez y olas de cinco metros.
Tetsuo guardó en el cajón el borrador de suspensión de navegación del Kazekiri Maru. Dudaba si publicarlo de inmediato: si lo hacía, la pesca y los suministros quedarían paralizados; si callaba, aquel viejo cascarón de motores heridos podía hundirse en cualquier momento.
La tarde del veinte de agosto, el cielo marino cobró un plomizo siniestro y la atmósfera se volvió asfixiante.
En la enfermería, Nagisa presentó de nuevo a Shun el proyecto de reestructuración de guardias nocturnas.
«Director, he cerrado el acuerdo con el centro de urgencias de Takamatsu: a partir de medianoche desviaremos las llamadas a su centralita permanente. Médicos de guardia cribarán los avisos y solo acudiremos en caso de riesgo vital auténtico.»
Shun miró el documento con indecisión: «Nagisa... Los ancianos no entienden los tecnicismos de los médicos de ciudad, solo confían en mi voz. Deme un poco más de margen, pronto... En cuanto pase la temporada de temporales acometeré los cambios.»
«¡¿Pronto?! ¡Siempre dice que pronto!», estalló Nagisa alzando la voz. «¡Mire su propio tensiómetro! ¡Cada mañana su presión sistólica supera los ciento sesenta! ¡Se está dejando la vida por inmolarse en esta isla!»
Shun bajó la cabeza en silencio y siguió garabateando recetas. ¿Acaso no anhelaba descansar? Pero sabía que si el pilar que él representaba caía, la última barrera anímica de la isla se desmoronaría.
El veintiuno de agosto, la farmacéutica Aya Imai tomó una decisión dolorosa.
Al retrasarse de nuevo el barco de provisiones, las existencias de nitroglicerina y antihipertensivos de urgencia cayeron bajo el umbral crítico.
Aya colgó en la puerta del dispensario un aviso comedido pero implacable: «A partir de hoy, la dispensación de tratamientos cardiovasculares crónicos pasa de mensual a semanal, con un límite de siete días por paciente.»
El cartel desató una oleada de indignación entre los vecinos.
Los ancianos se agolparon ante el mostrador increpando a voces: «¡¿Por qué solo siete días?! ¡¿Nos ha abandonado el gobierno?! ¡¿Guardan los fármacos para los peces gordos de la ciudad?!»
Tras la mampara acristalada, Aya se inclinaba una y otra vez pidiendo perdón con voz ronca: «Lo sentimos de corazón... Confíen en nosotros, garantizaremos la medicación básica de todos...»
Fuera, el viejo patrón Sosuke contempló el aviso y arrugó en el bolsillo el papel donde pedía un refuerzo de nitroglicerina. Dio media vuelta, decidiendo ceder las últimas reservas a los demás.
El veintidós de agosto se fijó en el tablón de la cofradía una nueva lista llamativa.
El presidente Tetsuo hizo público el retén de salvamento y evacuación marítima en temporales. En la capitanía figuraba su propio nombre, mientras que Kai quedaba relegado a segundo enlace de reserva.
Frente al tablón de anuncios, Kai apretaba los puños hasta hacerse crujir los nudillos.
Tetsuo se colocó tras él y murmuró con gravedad: «Kai, los motores del Kazekiri Maru están para el desguace, me lo han dicho en el varadero. Viene un tifón; no pondré en juego la vida del pueblo en un cascajo que puede pararse en mitad del mar.»
Kai se giró con los ojos enrojecidos: «¡Tío Tetsuo! ¡Mi padre navega estas aguas desde los catorce años y yo llevo ocho al timón! ¡Incluso con un solo motor soy capaz de llevar el barco a puerto! ¡Está pisoteando el honor de los Seto!»
«¡Esto es la mar! ¡Y la mar no sabe de favores!», gritó Tetsuo con dureza.
El veintitrés de agosto, en el aula de tercer curso de la escuela de Kazekiri.
Yuto Ishii recibió por correo certificado urgente el requerimiento del instituto técnico de Takamatsu, sellado en tinta roja: «Se requiere en el plazo improrrogable de tres días la autorización de internado firmada por los progenitores y el extracto censal, bajo apercibimiento de entenderse desistida la plaza.»
Sujetando aquel papel fino, a Yuto le temblaban las manos como hojas en el viento otoñal.
La firma paterna... ¿De dónde sacaría la firma de su madre? Si ella lo descubría, reduciría el papel a cenizas.
Al terminar las clases, el muchacho se sentó solitario en el malecón mirando la inmensidad del agua. Aquel mar hermoso no era para él más que una gigantesca prisión sin salida.
La soleada tarde del veinticuatro de agosto, unos golpes sordos resonaron frente a la vivienda de la anciana Miyako Tanabe.
La anciana de ochenta y dos años estaba arrodillada en el suelo con el brazo derecho roto inmovilizado en cabestrillo, blandiendo con fatiga una paleta de albañil con su temblorosa mano izquierda.
Un peldaño de losa frente a la entrada se había desmoronado por el salitre; con la izquierda la mujer amasaba tosco mortero de cemento recomponiendo la esquina partida. Gotas de sudor caían sobre el polvo dejando círculos oscuros.
Varios vecinos intentaron arrimar el hombro, pero la mirada helada y tajante de la anciana los obligó a recular.
«Aún puedo arreglarlo yo misma», jadeó la vieja Miyako como si hablara a los vecinos y desafiara a su propia suerte. «Mientras conserve fuerzas para sujetar esta paleta, nadie me tratará como un estorbo para echarme de la isla.»
El veinticinco de agosto, un corro de viejos marineros se congregó ante la tienda del puerto.
Las habladurías corrieron como la peste por el pueblo: «¿Os habéis enterado? ¡El doctor Sugimoto va a renunciar para marcharse a vivir cómodamente a tierra firme! ¡En la farmacia Imai retienen nuestras medicinas! ¡Y el Kazekiri Maru se niega a llevarnos a bordo!»
«¡Esos médicos y enfermeras forasteros ni siquiera nos tratan como a personas!»
Cruzando el muelle con la bolsa de basura, Aya Imai aguantó las pullas y los dedos acusadores del gentío. Apretando los dientes aceleró el paso mientras las lágrimas le caían por el mandil. Veintiocho años costó forjar la confianza mutua, y apenas bastó una semana de desabastecimiento y recelos para destruirla por completo.
El veintiséis de agosto, el supertifón Nanmadol alcanzó la categoría cinco y enfiló rumbo al mar interior de Seto a veinticinco kilómetros por hora.
Eran las once de la noche.
En la casa de maestros de Kazekiri, el móvil de Hina Murakami recibió un mensaje privado de Yuto:
«Señorita Hina, gracias por haberme cuidado estos tres años. He roto la solicitud; haré caso a mi madre y me quedaré a sacar ostras. Creo que no saldré de Kazekiri en toda mi vida.»
Hina saltó de la cama. El desaliento gélido de aquellas líneas le heló la sangre. Echándose un chubasquero, corrió al rompeolas desierto bajo el aguacero nocturno buscando al chico. Cuando por fin lo halló empapado y tiritando junto a un viejo refugio, lo estrechó entre sus brazos y ambos rompieron a llorar bajo el cielo tormentoso.
«Yuto, no te rindas... ¡Yo encontraré la manera! ¡Hablaré yo misma con tu madre!»
El veintisiete de agosto, el asesor legal del astillero subió al Kazekiri Maru con una notificación formal de embargo preventivo de bienes muebles.
«Patrón Seto, el plazo improrrogable para abonar los cuatro millones doscientos mil yenes vence mañana a las doce del mediodía. Si no recibimos un anticipo de dos millones, procederemos al precinto cautelar con cadenas impidiendo la salida a la mar.»
En el puente de mando, contemplando aquel escrito con el sello judicial carmesí, Kai se hundió en una desolación absoluta.
En ese momento Sosuke abrió la puerta del puente. Su rostro mostraba la palidez cenicienta de los moribundos, pero sus ojos conservaban una calma sobrecogedora.
«No temas, Kai», dijo Sosuke sacando del bolsillo una autorización de pesca visada por la cofradía. «Esta noche entra un banco de besugos de fondo por la fosa marina; he firmado un permiso especial de captura. Una sola singladura bastará para reunir el anticipo.»
Kai sacudió con desesperación los hombros huesudos de su padre bañado en lágrimas: «¡Padre! ¡Deja de fingir! ¡He visto tu electrocardiograma! ¡Tus coronarias están obstruidas al 90%! ¡Vas a morir si sales a navegar! ¡¿Es que pretendes inmolarte por cobrar los quince millones del seguro?!»
Sosuke se quedó paralizado. En la penumbra de la sala de máquinas, padre e hijo se miraron a los ojos; el secreto había saltado en pedazos dejando al descubierto un amor desgarrador y desesperado.
El veintiocho de agosto, Hina halló en la papelera del despacho de dirección los pedazos de la solicitud de internado que Yuto había roto.
Trozo a trozo, recompuso el documento sobre un folio pegándolo con cinta adhesiva.
Con la solicitud recompuesta en la mano, entró en el cobertizo de desvalvado de los Ishii, impregnado de un fuerte hedor a fango y marisco.
Ante el semblante hosco de la madre, Hina se arrodilló y apoyó la frente en el suelo de cemento: «¡Señora Ishii, se lo suplico! ¡Dé a Yuto la oportunidad de salir de la isla! ¡Si se queda aquí, maldecirá este pueblo y este mar el resto de sus días!»
En el cobertizo solo se oía el chirrido metálico del cuchillo abriendo conchas. La madre de Yuto detuvo el filo y, de espaldas a Hina, estremeció sus hombros gastados en un temblor mudo.
El veintinueve de agosto, el ultimátum del departamento de personal de la Cruz Roja de Takamatsu llegó al correo de Nagisa.
Plazo de contestación: mañana a medianoche.
Nagisa se sentó al borde del acantilado contemplando el oleaje embravecido que rompía a sus pies.
En una balanza aguardaba un gran hospital moderno con sueldo desahogado, porvenir brillante y el resguardo de un puesto consolidado;
En la otra, un peñasco desolado a merced del temporal, un anciano médico exhausto y una legión de viejos testarudos expuestos a morir sin medicinas.
Con el móvil en la mano y el pulgar temblando sobre la opción de aceptar el reingreso, las lágrimas le nublaban la pantalla. ¿Hacia dónde debía encaminar sus pasos?
El treinta de agosto, Reina comunicó la funesta noticia: cierre total del puerto de Takamatsu; lanchas y helicópteros de guardacostas quedaban fondeados al abrigo del tifón; ninguna solicitud de evacuación insular podría atenderse en las siguientes cuarenta y ocho horas.
«Doctor Sugimoto...», sollozó Reina al teléfono, «Kazekiri... ahora solo depende de ustedes mismos.»
Shun colgó el teléfono y entró en el baño. Abrió el grifo y se lavó la cara con agua helada.
En el espejo, el anciano mostraba el pelo blanco, las cuencas hundidas y una respiración jadeante.
Volvió a la consulta y redactó sobre un recetario el bando más amargo de sus veintiocho años de ejercicio:
Bando de reorganización de urgencias nocturnas y contingencia por temporal extremo del consultorio de Kazekiri.
En la noche del treinta y uno de agosto, antes de la tormenta.
El supertifón Nanmadol descargó toda su furia y su radio de vientos de fuerza diez azotó la costa de Kazekiri.
Toda la isla quedó sumida en una oscuridad apocalíptica.
El vendaval rasgaba las alambradas del espigón con un aullido espectral; olas de tres metros reventaban contra el granito esparciendo nubes de espuma blanca.
En el consultorio, Shun fijó en silencio el bando de reducción de guardia en la puerta de cristal;
En el astillero, Kai empuñó la llave inglesa bajo el aguacero y bajó a la sentina del Kazekiri Maru reforzando la biela agrietada;
En su casa, sobre el tatami, el viejo patrón Sosuke escondió los dos últimos comprimidos de nitroglicerina en el forro de sus botas de agua;
La anciana Miyako claveteó gruesos tablones en los ventanales que daban a la orilla;
Hina permanecía al lado de Yuto aguardando el desenlace del destino del muchacho;
Nagisa se enfundó el chaleco salvavidas y empaquetó las ampollas de socorro en una mochila estanca;
Tetsuo accionó la sirena de alarma de temporal de la cofradía de pescadores.
El viejo ferry Kazekiri Maru cabeceaba con violencia en la tormenta, como una hoja seca a punto de ser triturada en cualquier instante.
La línea de bajamar retrocedía con rapidez y los escollos asomaban entre la espuma.
Las heridas de Kazekiri habían quedado al descubierto, y aquella noche solo el coraje, el amor y el sacrificio lograrían abrir una brecha de vida entre las olas de la desesperación.
El treinta y uno de agosto a las veintitrés y cuarenta de la noche.
El ojo del supertifón Nanmadol rugió a treinta millas náuticas al sur de Kazekiri, arrojando vientos huracanados de fuerza doce y olas gigantes contra la pequeña isla en herradura. Pinos centenarios arrancados de cuajo derribaron el último tendido de alta tensión, y el pueblo entero quedó sumido en un abismo de tinieblas.
Sobre el promontorio, solo el consultorio de Kazekiri mantenía un tenue destello amarillo sostenido por un viejo generador diésel. Las dobles cristaleras orientadas al mar vibraban con violencia por la caída de presión, amenazando con estallar en mil pedazos.
En ese momento aporrearon con desesperación el portón de madera, que se abrió de golpe empujado por la ráfaga. El viejo Kato, empapado, cubierto de lodo y arañazos, entró tambaleándose con la joven parturienta Misaki a cuestas, pálida y desvanecida: «¡Doctor! ¡Socorro! ¡Misaki tiene una hemorragia de parto!»
El bajo vientre de Misaki estaba duro como una roca y sus ropas ensangrentadas teñían el suelo de rojo. Nagisa Morikawa acudió al instante para tumbarla en la camilla: «¡Presión setenta cuarenta, pulso ciento treinta, tonos cardíacos fetales irregulares por debajo de ochenta! ¡Desprendimiento prematuro de placenta con sufrimiento fetal agudo!»
Shun examinó el abdomen con gesto sombrío: «Apertura de solo tres centímetros, presentación encajada y vientre de madera típico. No disponemos de banco de sangre, quirófano para cesárea ni incubadora. ¡Si no llegan al paritorio de Takamatsu en dos horas, madre e hija morirán desangradas y asfixiadas!»
«¡El puerto de Takamatsu está cerrado a cal y canto! ¡Las lanchas de rescate no pueden acercarse a Kazekiri y ningún helicóptero despegará con estas rachas de viento!», gritó Aya Imai llorando con la emisora muda.
«¡El Kazekiri Maru puede zarpar!», retumbó una voz quebrantando el silencio. Empapado y tiznado de grasa entró Kai Seto, seguido por el aprendiz Yuto Ishii con una llave inglesa: «¡He reforzado la biela de babor! Yuto y yo acabamos de probar máquinas; ¡aunque sea con un solo motor y olas de seis metros, yo llevaré el barco!»
Shun abrió el armario, sacó el viejo impermeable amarillo que lo había acompañado veintiocho años y se lo puso con presteza: «Kai no aguantará solo esta tempestad. Llevo veintiocho años con cada escollo y corriente grabados a fuego en la cabeza. ¡Esta noche entraré al puente a gobernar el timón con él! Enfermera Morikawa, farmacéutica Imai, ¡la cabina queda en sus manos!»
La anciana Miyako Tanabe, con el brazo derecho escayolado, entró con paso firme llevando en la mano izquierda un barreño de agua caliente y lienzos limpios: «Esta vieja ha traído al mundo a tres generaciones del pueblo. ¡Esta noche subo yo también al barco!»
En el muelle el temporal arreciaba sin tregua. El patrón mayor Tetsuo Onishi y una decena de marineros veteranos hicieron escudo con sus cuerpos sujetando las amarras para acomodar a Misaki a bordo. «¡Largad amarras! ¡A navegar!», bramó Tetsuo con los ojos húmedos hacia el mar enfurecido.
El viejo Kazekiri Maru hizo sonar su bocina rasgando la noche cerrada y, como una fiera de hierro, arremetió con denuedo contra los abismos embravecidos entre el mar interior y el océano.
En el puente, una ola de seis metros reventó el parabrisas y el agua gélida anegó el cuadro de mandos. Shun y Kai sujetaron con cuatro manos la rueda que temblaba con furia. Con las piernas afirmadas a la bancada, Shun escudriñó la espuma: «¡Babor quince, esquiva el bajo de Kuromizu! ¡Kai, avante toda, corta la ola de proa!»
«¡Adelante!», rugió Kai empujando los mandos a fondo. En la sentina, el aprendiz Yuto, tiznado y con las manos abrasadas por el vapor, no soltó la llave ni un segundo afianzando la biela que vibraba desbocada.
En la cabina inferior escorada a más de treinta grados, la camilla patinaba sobre el agua acumulada. Aya Imai frenó el armazón con la espalda sosteniendo en alto dos bolsas de suero, soportando los golpes del hierro en los hombros.
«¡Nagisa! ¡El pulso fetal cae a sesenta y no le encuentro la tensión a la madre!», gritó la anciana Miyako sujetando con la izquierda las rodillas de Misaki.
Arrodillada en el agua fría, Nagisa mantuvo la templanza: «¡No hay tiempo! ¡Cabeza encajada y compresión de cordón; episiotomía urgente y rotación manual ya!» Abrió el paquete estéril e incidió con precisión en el balanceo.
Nagisa introdujo las manos protegiendo la cabecita en el vaivén y, en los dos segundos de ingravidez sobre la cresta de la ola, traccionó con firmeza. «¡Ya sale!», prorrumpió la anciana llorando.
La recién nacida estaba amoratada y sin tono, con las vías obstruidas de meconio y líquido, sin respiración espontánea ni latido: ¡asfixia neonatal severa!
Sin vacilar, Nagisa aspiró las mucosidades e inició la ventilación boca a boca sobre la pequeña. La anciana Miyako masajeó el esternón con dos dedos. Pasó un minuto, pasaron dos, en medio de una calma aterradora.
«¡Te lo suplico, mira este mar... regálale un llanto a esta isla!», rogaba Nagisa entre lágrimas. Desde arriba retumbó el grito de Shun sobre las olas: «¡Resistid! ¡Hemos cruzado la corriente de Kuroshio, ya diviso las luces de Takamatsu!»
En ese preciso instante, el pequeño pecho dio un respingo. ¡Un llanto claro, sonoro y rebosante de vida hendió la tormenta como una hoja dorada y resonó en toda la cabina!
La piel de la niña cobró un vivo tono sonrosado y sus manitas se cerraron con fuerza en el aire. Misaki abrió los ojos mirando a su hija entre lágrimas tibias. «¡Ha sobrevivido!», sollozó Aya de rodillas.
En el puente, al escuchar aquel primer vagido desafiando al vendaval, Shun y Kai se miraron con los ojos arrasados en lágrimas y una sonrisa, sujetando el timón con firmeza granítica.
La mañana del primero de septiembre, el casco de acero del Kazekiri Maru atracó en el muelle de Takamatsu. El temporal había amainado y los rayos dorados del alba caían como cascadas sobre el mar en calma.
Reina Kamiya subió por la pasarela al frente del equipo médico para recibir a madre e hija: «¡Están a salvo y con las constantes estables!» Una ovación cerrada estalló en el muelle.
Kai se sentó exhausto sobre una defensa del muelle al sol naciente; Nagisa se acomodó a su lado mientras la brisa les acariciaba el rostro. Shun se desabrochó el chubasquero amarillo respirando hondo el aire limpio de la alborada. El peso de veintiocho años de soledad se transformaba por fin en serena paz.
Las mareas seguirán subiendo y bajando dos veces al día, el teléfono volverá a sonar y el barco zarpará de nuevo. Pero ahora el destino de la isla ya no descansa en un solo hombre solitario, sino en las muchas manos entrelazadas en medio de la tempestad.
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