
Soichiro Miyamoto
Séptimo propietario de la bodega Hakurou, de treinta y cinco años, sereno y profesional, fiel a su conciencia.
Amanecer en la destilería de invierno · Bodega Shiranami · Nada, Kobe, Japón
Cien días de elaboración reúnen a Soichiro, heredero de Shiranami, y a Shioriko, investigadora de levaduras. La calidad y las expectativas familiares los enfrentan, pero las pruebas nocturnas convierten el respeto en atracción. El arroz, la fermentación y los envíos pendientes afectan también a quienes los rodean. Fuera del trabajo, aún quedan sentimientos por expresar.
Leer la novela
Séptimo propietario de la bodega Hakurou, de treinta y cinco años, sereno y profesional, fiel a su conciencia.

Técnica de elaboración y especialista en levaduras, serena y profesional, fiel a su conciencia.
[2025-03-15] En el puerto de Nishinomiya, a las cinco de la mañana, el viento seco y frío que bajaba de las montañas Rokko soplaba con fuerza sobre los viejos tejados de tejas negras. Soichiro Miyamoto, séptimo propietario, caminaba por las losas de piedra cubiertas de escarcha y empujó la pesada puerta de cedro de la bodega Hakurou; el aire se llenó al instante con la acidez fermentada de doscientos años.
En el patio central había dos camiones cargados de sacos, y el arroz de sake Yamada Nishiki de primera calidad, procedente de la zona A de Miki, en la prefectura de Hyogo, estaba apilado con cuidado. Ryosuke Nomura, coordinador de la cooperativa agrícola, bajó de la caja echando vaho, con la hoja de medición del peso de mil granos y del porcentaje de núcleo blanco que había preparado la noche anterior en la mano, y con semblante serio.
La técnica de elaboración Shioriko Sasaki, con una bata blanca impecable, se acercó deprisa, con un medidor de humedad portátil y una larga sonda de muestreo en la mano. Clavó con habilidad el vientre de un saco, vertió en la palma granos de brillo marfil y observó con atención, a la luz de la mañana, la translucidez del núcleo blanco.
«Humedad 14,2 %, pulido al 35 %, la velocidad de las muelas está muy bien controlada, sin microfisuras.» Shioriko levantó la cabeza y asintió hacia Soichiro para confirmarlo; detrás de sus ojos claros, tras las gafas, brilló un reconocimiento sincero.
El maestro cervecero Genzo Asai, máximo responsable de la bodega, entró deprisa en el lavadero de arroz, cogió un puñado para olerlo y probarlo, y comprobó con cuidado la absorción de agua de cada grano antes de asentir para que empezara la primera tanda de arroz al vapor.
«Este año es decisivo para la bodega Hakurou; el banco solo nos da este invierno para la transición», dijo Soichiro en voz baja, con la mirada recorriendo las hileras de viejas tinas de madera, limpias a pesar de su edad. «Vamos a usar el verdadero método antiguo kimoto de la zona de Nada y elaborar un daiginjo puro que el mundo recuerde.»
El joven becario Kenji Murakami, que acababa de llegar, escuchaba al lado conteniendo el aliento; sus manos enrojecidas por el frío apretaban con fuerza un cazo de bambú y madera. Nunca había visto tanta seriedad, pero la concentración que emanaba de los mayores le encendió un calor ardiente por dentro.
La válvula de entrada de la máquina de lavar arroz se abrió con estruendo, y brotó el agua pura y dulce de Miyamizu de Nada, arrastrando el arroz blanco como nieve hacia el primer remolino helado. El gran espectáculo de elaboración de invierno de la bodega Hakurou empezaba oficialmente con el estruendo de aquel chorro de agua.
Durante la cata a ciegas, los dos alargaron la mano a la vez hacia la misma copa, a ambos lados de la mesa. Sus dedos se rozaron; Shioriko no retiró la mano enseguida, y Soichiro, por primera vez, olvidó disimular su nerviosismo con una broma.
[2025-03-15] La pesada puerta aislante de madera de pino de la sala del koji estaba cerrada herméticamente; dentro, la temperatura se mantenía en treinta y un grados y la humedad era densa. El aire olía a castaña dulce, la que despide el arroz cocido al vapor cuando el micelio del koji lo descompone despacio, cálido y solemne.
El jefe fabricante de koji, Tatsuo Morita, con el torso desnudo y musculoso, el sudor le resbalaba por la espalda bronceada. Con una pala plana de ciprés volteaba y removía el arroz sobre la cama de madera, con movimientos muy suaves pero firmes, para que cada grano recibiera el calor por igual.
Shioriko estaba agachada al borde de la plataforma, clavando una a una finas sondas termopares digitales en las capas de koji a distintas profundidades, y en la tableta se dibujaba de inmediato una superficie tridimensional detallada de la distribución de temperatura. Los datos mostraban que la zona central generaba calor por el micelio cuatro décimas de grado más rápido que la periferia.
«Señor Morita, hay que abrir un poco el centro para disipar el calor; si no, mañana al amanecer la temperatura de la tanda superará los treinta y ocho grados, y el koji solo producirá proteasa e impedirá que la amilasa sacarifique.» Shioriko se lo advirtió en voz baja, con un tono seguro y educado.
Tatsuo dejó su tablón de madera, se inclinó y cogió un puñado de arroz con koji que acercó a la oreja para escuchar; luego apoyó la palma plana para sentir la respiración del calor. No miró la pantalla, pero cambió al instante de gesto y trazó en el centro tres surcos de ventilación de la profundidad justa.
«Su máquina debe de ser muy sensible», dijo Tatsuo secándose el sudor de la frente, con una leve sonrisa poco frecuente, «pero este micelio está vivo; el susurro que hace cuando está contento no tiene nada que ver con el que emite cuando se ahoga de calor.»
Soichiro estaba frente a la ventana de observación de la sala del koji y miraba en silencio lo que pasaba dentro. El juicio del maestro in situ y los datos de la investigadora se confirmaban mutuamente sobre aquella vieja cama de madera, sin ninguna costura: era exactamente el renacer de la elaboración del sake que había soñado.
Entrada la noche, en la superficie de la primera tanda de arroz con koji apareció una capa uniforme de micelio «hakuri», parecida a una escarcha blanca, como la primera ligera helada de una noche de invierno. Tatsuo y Shioriko cruzaron una sonrisa; el corazón de la sacarificación de la bodega Hakurou para este invierno ya estaba firmemente asentado.
Shioriko le reprochó que usara el apellido de la familia como respuesta. Discutieron hasta bien entrada la noche; ella dijo que odiaba que decidiera todo por su cuenta, y también la ternura que a veces dejaba ver, que la hacía ceder.
[2025-03-15] En el pequeño laboratorio estéril del fondo de la bodega, Shioriko sacó con cuidado unos tubos de ensayo de un congelador ultrabajo. Eran cepas de levadura silvestre aisladas y purificadas de la corteza de un manzano centenario del monte Rokko, con el número «Rokko-05».
La pequeña cuba de fermentación n.º 5 era solo una décima parte de una cuba normal y estaba rodeada de tuberías especiales de agua de baja temperatura. Era una cuba de prueba que Soichiro había conseguido pese a la presión del consejo, para comprobar los límites de la fermentación a baja temperatura de un sake puro afrutado.
Soichiro entró en el laboratorio y miró el cultivo de levadura que hacía burbujas finas en el vaso de precipitados. Pasó una brisa y le llegó un olor de acidez de manzana verde mezclado con melocotón blanco fresco, puro, sin la menor impureza.
«Su tolerancia al frío supera lo que esperábamos: a siete grados mantiene una actividad fermentativa estable y produce de forma natural mucho ácido málico y caproato de etilo.» Shioriko señaló los picos del cromatógrafo de gases, con una voz teñida de una emoción que no podía disimular.
El maestro Genzo Asai cogió una probeta, probó una gotita y se quedó en silencio, con los ojos cerrados, durante un buen rato. El sake de Nada se caracteriza por su punzante redondez; este estilo de acidez frutal clara da la vuelta por completo a la concepción tradicional de la elaboración, pero su lengua no podía negar la riqueza de capas que lo sorprendía.
«La acidez está demasiado alta; si no se controlan las bacterias lácticas indeseables, se vuelve vinagre enseguida», dijo el maestro abriendo por fin los ojos, severo pero con mirada interrogante. «El día de la puesta en marcha, la temperatura de la tina de cultivo tiene que empezar en tres grados y no puede subir más de medio grado al día.»
Shioriko escribió con seriedad en el algoritmo de control las exigencias de calidad del responsable de la fermentación, palabra por palabra. Sabía que, sin la severidad de un maestro cervecero ante los límites de vida y muerte de los microorganismos indeseables, la levadura más maravillosa no sería más que una pompa de laboratorio.
La válvula de la cuba n.º 5 se cerró lentamente bajo las miradas. El depósito de acero inoxidable verde oscuro giraba en calma entre el vapor frío del agua, y en la penumbra empezaba a gestarse en silencio un milagro químico que mezclaba la naturaleza salvaje del monte Rokko con un arte de fermentación llevado al extremo.
Soichiro se quemó un dedo en la sala de cocción del arroz, y Shioriko lo atendió. Sus dedos se detuvieron un instante en la palma de él; él le preguntó si cuidaba así a todos sus compañeros, y ella respondió que solo se lo merecía el que era tan testarudo.
[2025-03-16] A las tres de la madrugada, una fina capa de hielo cubría la losa de piedra azul del lavadero de arroz. La temperatura había bajado a tres grados bajo cero, la más exigente y la más ideal para realizar el «batido kimoto» a mano, en el que se machaca la mezcla de arroz cocido, koji y agua.
Seis cubas ovaladas poco profundas de madera estaban alineadas, llenas de arroz cocido al vapor ya enfriado, koji y agua de Miyamizu. Diez brazos, con chaquetillas de trabajo azul marino atadas a la cintura con una cuerda de paja, sostenían largas palas gruesas de madera y se colocaban a ambos lados de las cubas.
El maestro Genzo Asai estaba al frente, sosteniendo unas castañuelas de madera, con el rostro tan severo como el granito. Al chasquido limpio de la madera, el maestro entonó el largo y profundo canto de la elaboración del sake de la tradición de los maestros de Tajima, y su voz serena resonó en la bodega alta y vacía.
«¡Un remover, dos remover, todos juntos!» Los brazos respondieron a coro; las palas de madera cortaban la pasta de arroz espesa al unísono, girando, presionando, levantando; el sudor se evaporaba al instante en vapor blanco y corría en chorros por los brazos musculosos.
Soichiro trabajaba junto al joven Kenji delante de la primera cuba. La pala ofrecía una resistencia tan pesada como el plomo, y la dureza de los granos rebotaba y adormecía la palma; pero Soichiro apretaba los dientes, y cada uno de sus golpes respondía con precisión al ritmo de Kenji.
Es un proceso que ninguna mezcladora mecánica puede sustituir. Solo la presión uniforme de la fuerza humana puede triturar lentamente los granos hasta una fina crema blanca, sin destruir la estructura cristalina del almidón, y abrir camino a la reproducción en relevo de las bacterias reductoras de nitrato y de las lácticas.
Shioriko, a su lado, tomaba muestras de acidez cada media hora y observaba la curva natural de acidificación de las lácticas silvestres a baja temperatura. Miraba al maestro cervecero, normalmente sereno y distinguido, con la frente empapada de sudor y las palmas llenas de ampollas, sin el menor signo de rendición, y una conmoción nunca antes sentida le subió por dentro.
Al amanecer, las seis cubas de arroz se habían convertido en una papilla blanca de marfil fina y uniforme, con la superficie brillando como terciopelo. El maestro guardó sus castañuelas e hizo una profunda reverencia ante los cerveceros agotados; el primer cultivo tradicional kimoto quedaba fundado con éxito.
Soichiro hablaba y reía con la mujer que llevaba una pequeña tienda asociada; Shioriko pasaba con viveza las hojas de su cuaderno de pruebas. La siguió hasta la puerta para preguntarle si le molestaba; ella le devolvió la pregunta y le preguntó si quería que le molestara.
[2025-04-19] Tras treinta y cinco días de fermentación a muy baja temperatura, la curva de fermentación de la pequeña cuba de prueba n.º 5 se estabilizó por fin. El densímetro flotaba sobre la superficie clara del líquido; el grado alcohólico llegaba a dieciséis coma cinco por ciento, y la acidez aminada se mantenía en un elegante uno coma uno.
Hoy era el día del «jō-sō» (prensado del sake claro). La vieja prensa de madera de tipo Sase había sido desinfectada a fondo con vapor caliente del agua de Miyamizu, y decenas de sacos de tela especial estaban alineados bajo la viga; la cuba de goteo estaba impecable.
Los jóvenes cerveceros Kenji y Tatsuo vertieron juntos la mezcla madura en los sacos de tela y los colocaron con cuidado en la cuba de prensado. Sin ninguna presión mecánica, solo por el peso de la propia mezcla, la primera gota del «arajō» (sake nuevo de primer sangrado), clara y pura, empezó a caer en silencio por el pitorro de salida.
Soichiro sostuvo con ambas manos un cuenco de cata azul con el dibujo de «ojo de serpiente» y recibió con cuidado los primeros hilos de agua pura. El líquido era ligeramente verdiazul, límpido, con la superficie cubierta de finas burbujas de gas carbónico, como rocío de la mañana.
Shioriko se acercó conteniendo el aliento; un aroma intenso llenó de inmediato su respiración: no era el olor barato y punzante de los ésteres artificiales, sino la mezcla de manzana verde recién cogida por la mañana con lirio blanco de montaña, y al final la solidez mineral propia del kimoto.
El maestro Genzo cogió la taza de té, dio un sorbo que resbaló por su lengua; cerró los ojos y la garganta se le movió levemente. Durante medio minuto de silencio, en la sala de prensado solo se oía el goteo del sake claro en la artesa de madera, tan sereno que el corazón latía más fuerte.
«Ha salido bien», dijo el maestro abriendo por fin los ojos, con los párpados enrojecidos, y dio a Soichiro una fuerte palmada en el hombro. «Limpio y fresco como agua de nieve al entrar, la nota frutal del centro es poderosa y el final es nítido y sin arrastrarse. Es el mejor sake que ha producido la bodega Hakurou en medio siglo.»
En la sala de prensado estalló un aplauso grave y entusiasta. Soichiro se volvió hacia Shioriko, cuyos ojos estaban algo húmedos; sus miradas se cruzaron, y la tensión de meses de noches angustiosas se disolvió por completo en aquella gota de sake puro.
Tras el fracaso de la prueba, Soichiro confesó que tenía miedo de no ser nunca más que la sombra de su padre. Shioriko se acercó para consolarlo, con las frentes casi tocándose; luego dijo en voz baja que tenía que trabajar al día siguiente, y se alejó.
El 8 de agosto de 2026, Soichiro puso sobre la mesa la carta de intenciones para el arroz de sake. Toshiko y Ryosuke hablaban de cómo podrían colaborar la próxima temporada, no del arroz que ya estaba en el almacén.
Toshiko señaló con el dedo la proporción y recordó que las condiciones de los campos podían cambiar. Soichiro dejó a un lado por el momento el aumento de producción que quería y preguntó primero cuándo podrían confirmarse el suministro y el precio.
Ryosuke separó en dos columnas las intenciones ya alcanzadas y las preguntas que seguían sin respuesta. Al terminar la reunión, quedaban huecos en el papel, pero nadie había firmado en nombre de otro lo que aún no había aceptado.
El 18 de agosto, Masayuki y Fujiko vinieron a probar la prueba de Shioriko, acompañados por Soichiro. Todos tenían en el vaso el mismo sake, pero las impresiones que expresaron no tenían por qué coincidir.
Soichiro anotó las opiniones recibidas y no convirtió la cata en un pedido. Si Shioriko quería conocer las valoraciones, alguien tenía que transmitirle de verdad lo que se había dicho.
Genzo añadió una explicación al margen de sus notas sobre la fabricación del koji, y Tatsuo y Kenji la leyeron por turnos. Alguien volvió a preguntar el momento exacto, y esta vez nadie consideró la pregunta demasiado básica.
Yoshie dejó el té en la esquina de la mesa y acercó también una silla para sí misma. No preguntaba si el sake estaba bueno, sino quién tendría tiempo de descanso en la próxima ronda de trabajo.
El viento de la tarde pasaba por el lavadero de arroz, ahora vacío. Los resultados de la pequeña tina de primavera quedaban en el registro, pero no se convertían por eso en prueba de que toda la temporada siguiente saldría bien.
Antes de la cata a ciegas del producto terminado, Shioriko le preguntó a Soichiro si volvería a llamarla al terminar el proyecto. Él dijo que sí, pero no quería usar el trabajo como excusa; ella dijo que entonces tendría que hacerle una invitación formal.
El 31 de agosto, Soichiro colgó en su despacho el calendario de septiembre. Reservó una casilla junto a la distribución, la exportación y la producción de la temporada siguiente, a la espera de que volvieran quienes pueden decidir para discutirlo.
Shioriko ordenaba los registros de muestras y anotaba junto a los resultados las condiciones de la nueva medición. Quería dejar un camino que otros pudieran seguir para comprobarlo, no solo una conclusión que suene bien.
Genzo entregó las viejas notas a Tatsuo y a Kenji para que las comentaran, y dejó también las opiniones discrepantes. La experiencia no pierde peso por estar escrita; al contrario, ofrece puntos que pueden comprobarse en común.
Yoshie recordó a todos que cenaran primero, y no prometió horas extra a nadie. Las preguntas que aún no estaban resueltas podían retomarse mañana, cuando las cabezas estuvieran más descansadas.
Las intenciones de Toshiko y Ryosuke seguían en la carpeta, y las impresiones de Masayuki y Fujiko se guardaban cada una por separado. Esas voces aún no se han unido en un futuro en el que todos estén de acuerdo.
Soichiro y Shioriko hablaron un rato fuera del lavadero de arroz. Él le preguntó qué condiciones necesitaba, y ella no respondió con un simple «confía en mí».
Los dos guardaron sus carpetas cada uno por su lado, sin fijar entre ellos ninguna relación. Haber escuchado en serio una opinión distinta ya era lo que podía lograrse aquella noche.
Fuera seguía soplando el viento de finales de verano, y el nombre de la bodega permanecía en la placa de madera. Lo que se pueda elaborar la próxima temporada depende todavía del arroz real, del agua, del personal y de las decisiones que se tomen.
Tras embotellar el sake nuevo, Soichiro invitó a Shioriko a cenar junto al puerto. Ella aceptó, recordándole que esta vez no hablara de sake; él respondió riendo que esa noche solo quería escucharla hablar.
ArkLife
Entra en este mundo con la app ArkLife, conoce a sus personajes y empieza el siguiente capítulo con tus propias palabras.
Descubre la app ArkLife